pamplona. El impulso y la fuerza de la miurada propició un encierro dominical fulgurante, a la vez tradicional pero inédito. Tradicional porque no hubo corneados (sólo cuatro empitonados en 25 años de presencia en Pamplona), e inédito por las alternativas y los cambios de ritmo que los morlacos de Lora del Río imprimieron a una carrera loca. Fueron 2:45 minutos de encierro, guarismos que no dicen mucho, pero si se atiende a la primera mitad de la carrera, se apreció un ritmo endiablado e inasequible para la mocina.
La salida del sexteto de Miura fue apabullante, primero por sus variadísimas capas (fue un encierro ciertamente multicolor), y luego por la pavorosa velocidad que el cárdeno Campohermoso imprimió a la cabeza de la manada. En esta ocasión, y por primera vez en lo que va de feria, los mansos debieron ceder la cabeza de la carrera, acongojados por los impulsivos miuras . La cuesta de Santo Domingo fue un visto y no visto, con un mozo arrollado en la acera de la derecha y una irrupción de infarto en la plaza Consistorial.
Cada vez se asomaban más bravos a la cabeza de la manada, y dos mozos quedaron emparedados en Mercaderes, a un lado Campohermoso y al otro, el castaño Capotero . Fueron de lomo a lomo, pero mantuvieron milagrosamente la verticalidad y la integridad física.
La envergadura ciclópea de la miurada se apreció con exactitud en el fenomenal topetazo que atizaron al vallado reforzado de la curva de Mercaderes y Estafeta. Se fueron derechos hacia la madera y cinco de los seis astados se amontonaron bajo la aterrada pléyade de fotógrafos y mirones. Lagartijo , uno de los toros negros, llegó a asomar su testuz por encima del vallado, tras embestir sin consecuencias a dos mozos despavoridos incapaces de escalar más rápido hacia la salvación de las tablas altas.
El espectacular encontronazo no llevó a ningún astado al suelo, y emprendieron la carrera llevando en el seno de la manada a un despistado joven con escasa traza de corredor que probó la aspereza de casi todas las testuces y lomos de la manada. Sólo le faltó ser corneado, pero no llevará esa incidencia en su currículo.
la fase loca La Estafeta fue un tiovivo incomprensible de toros que adelantaban a sus hermanos y luego caían al adoquín, suerte que corrieron Campohermoso y Capotero . Enzarzaron sus pezuñas con algún mozo caído, pero no se entretuvieron más allá de lo necesario para alzarse de nuevo y reemprender la carrera, esta vez ya con la mansada en cabeza de un fragmentadísimo pelotón.
Pese a lo que suele suceder, no hubo ni más peligro ni más emoción en los rezagados, tal era el maremágnum creciente de mozos según avanzaba la carrera hacia la curva de Telefónica. De hecho, uno de los adelantados era el negro entrepelado que atendía por Muletero , elemento que prendió de la camisa a un mozo hacia el final de la Estafeta y luego se fue arrimando al vallado derecho de bajada al callejón, donde pisoteó y empujó a quien se le puso por delante.
Otra novedad del encierro de ayer sobrevino casi en su epílogo, al formarse un montón de medianas proporciones justo en la embocadura del callejón, aunque por suerte ya había pasado casi toda la manada, y el castaño Capotero , que cerró la carrera, saltó grácilmente sobre una masa informe de aterrorizados mozos.
Ya avisó el ganadero de Lora del Río: "Los míos siempre dan una vuelta al ruedo". Y así fue. Campohermoso y Capotero , que llegaron tarde, se unieron al dúo que formaban Lagartijo e Interesado en medio del albero, y se dieron el lujo incluso de desarmar a un doblador. La cosa no fue a mayores, y tras un breve reconocimiento circular, el cuarteto de bravos se dejó llevar a los chiqueros, dando carpetazo a un encierro variado e intenso. Demiuras .