En el catecismo de la Iglesia Católica compendio, firmado por Benedictus PP XVI el 28 de junio de 2005, dice: "La Iglesia bautiza a los niños puesto que, naciendo con el pecado original necesitan ser liberados del poder del Maligno y trasladados al reino de la libertad de los hijos de Dios". Y ahora Benedicto quita el limbo, se contradice el pobre. Pero, ¿existió el pecado original detallado en la Biblia? Es una interpretación equivocada de los primeros profetas. ¿En qué me baso? Desde el principio de los tiempos, los seres humanos creyeron que todo el mal que les ocurría era consecuencia de la ira divina. Conforme nuestro conocimiento se ha ampliado comprendemos que el universo está regido por leyes, y no son los actos de las personas los que enfurecen a la divinidad, sino que ir contra la naturaleza de las cosas altera su orden, y es lo que desarrolla un desequilibrio, capaz de originar el incendio o la enfermedad. Pero otras, como los terremotos y la muerte, son innatas y no provocadas por la humanidad.
Por lo tanto, no existe tal castigo divino por desobedecerle con la dichosa manzana. Nadie es capaz de alterar a Dios, sino que todo está regido por leyes. Sólo es una falsa interpretación del pasaje bíblico. La expulsión del paraíso, con el conocimiento actual, puede interpretarse como una salida necesaria del mismo, pues como el niño debe salir del vientre materno para enfrentarse a la vida, así debe salir la humanidad para enfrentarse a la conquista del universo. También en la Biblia Dios nos nombra dueños de todo, por lo que deberemos conquistar desde nuestro planeta hasta la ultima galaxia. ¿Cómo? Con el estudio y la investigación que nuestra curiosidad innata nos impele a hacer. No existe el pecado original, y las personas estamos perdiendo el sentido de la culpabilidad. Por eso, el sacramento de la penitencia está dejando de ser usado por los fieles católicos. Este sacramento, igual que el de la Eucaristía, deben ser retocados y puestos más acordes con los tiempos actuales, o las personas nunca volverán a usarlos. Esta jerarquía católica debe dejar de culpar a otros de sus errores y dar el poder al pueblo ¡ya!
Promesa cumplida
Rosa Marina Errea
Fue una de aquellas tardes, en el Yoldi, con dos cafés entre nosotros, cuando me lo exigiste: "Quiero que seas tú quien me escriba alguna cosa cuando me muera". ¡Pero Celso!
"¡Promételo!" Y lo hice. Triste, porque adelantábamos un futuro ingrato; orgullosa, porque me lo pedías tú, el profesional que asombró, con sus crónicas, más allá de nuestras pequeñas fronteras; el hombre que realizaba la información local, que pisaba la calle, que salía a los pueblos en proceso de avance y de desarrollo.
El feedback que se daba entre nosotros, en aquellas charlas de invierno, era perfecto. Tú me enseñabas y yo absorbía embobada. Y lo que empezó siendo trabajo, se convirtió en goce. Tú contabas historia; yo anotaba vida hecha de anécdotas divertidas y situaciones comprometidas, como cuando por escribir verdades sobre el desarrollo de la II Guerra Mundial, recibiste veladas amenazas y directas advertencias. No lo pasaste bien, pero no te importaba, y así te hiciste un nombre y alcanzaste un gran prestigio, tanto como para atraer hasta Pamplona a cierto alto cargo militar que buscaba al Iñarbe maduro de las acertadas crónicas de política exterior. Te vio, tan joven, que se sintió engañado. ¡Cómo te reías recordando aquellos momentos! Y tus noches. Al oído, la BBC; en la mesilla, el Clausewitz.
¡Querido Celso!, tan elegante en el halago, tan cariñoso en el trato. Fue un privilegio contar con tu aprecio. Sé que para explicarte como periodista, necesitaría un gran espacio, pero para decirte como persona, tú sabes el gran cariño que encierra este rincón. Te has ido, Celso Torrea, dejando a tu querida Merche, a tus hijos, y a muchísimos amigos de mundos diversos: del periodismo, de los sellos, de los toros, de las tertulias y el buen yantar. Te has ido, querido amigo, y te despido entonando las notas con las que el órgano dio fin a tu funeral: agur, agur, agur.
Estafa de la F1 en Valencia
Carlos Vizcay Fraile
Llegamos el viernes a la noche al hotel de Valencia. Allí empezó la odisea. Nos comentan que en la grada que estamos, que es la 15 fila 5 asiento 31, no se ve nada. ¡Cómo que no se ve! Me enseñan un video de los entrenamientos libres de la mañana y de la ubicación de la misma. Lo de que no se ve nada era decir demasiado: nada de nada. Lo comemtan mis amigos que han estado en los circuitos de Barcelona, Francia e Italia. Decidimos ir al Corte Inglés, donde compramos las entradas. Nos dirigimos al mostrador de atención al cliente y nos atendieron bien hasta que nos hacen un comentario que nos sacó de nuestras casillas: "El Corte Inglés no se hace responsable de la venta de entradas, puesto que no es un producto suyo, sólo son intermediarios". Le contestamos: "¿Y si tengo un problema con un pantalón Lewis, el Corte Inglés no se hace cargo? "Eso es distinto", nos contestan. Le dijimos que nosotros creíamos que era lo mismo. Le pedimos una hoja de reclamación que rellenamos y entregamos en el mostrador de atención al cliente. De ahí nos dirigimos a la oficina de Valmor, que es quien, nos dicen, se responsabiliza de la organización del evento. Nos encontramos con la imagen de una oficina con unas mil personas protestando. Nos entregan una fotocopia de una hoja de reclamación, a lo cual les decimos que era una fotocopia, y que nos deberían dar una copia de entrega con un sello de la empresa. A esto la chica nos dice que ella ha llegado hoy y que no sabe nada más, que si queríamos la rellenaramos, y que si no, nada. La indignación de toda la gente fue monumental. Se monta un poco de jaleo y acude la Policía Municipal, que tiene la comisaría junto a dicha oficina. Nos enteramos de que a las personas de la grada 18 y 11 los reubican en otras gradas; a los de la grada 11, comentan, que fue un notario a dar fe de que no se ve nada. Seguidas están las gradas 12,13,14, y 15. Ahí estamos los que reclamamos el sábado y que no nos reubicaron en ningún lado. Si sumamos que en las gradas hay 1.500 personas, más o menos, son un total de 9.000 personas descontentas. Si a esto le sumamos los 375 euros por entrada, en mi caso dos, más el desplazamiento, más el hotel, me salen unos 1.350 euros por no ver nada y amargarme las vacaciones.