OMOS trabajadores y trabajadoras de la Administración Pública de Navarra y diariamente acudimos a clases de euskera. En el tiempo que llevamos hemos ido observando el pasotismo con el que esta Administración aborda los temas relacionados con el aprendizaje del euskera. Vaya por delante que la formación en base al euskera viene regulada por Decreto Foral 195/1993, un decreto que regula la asistencia a clase por parte del funcionariado (en tres variantes principales: extensivo, intensivo y autoaprendizaje); un decreto que debe ser un derecho para el funcionariado pero que como muchos otros viene acompañado por la coletilla "según las necesidades del servicio", que es la varita mágica por la que se rigen muchos brujos/as para denegar la compensación horaria recogida en dicho decreto.
Hasta este año, y desde hace 12 años aproximadamente, las clases eran impartidas en el INAP, pero desde hace algún tiempo se venía diciendo que este es un edifico que le gustaba mucho al señor Corpas (consejero de Cultura y Turismo) y que nos querían desalojar. Teníamos la seguridad de que el nuevo sitio no iba a ser tan céntrico como Navarrería, y también sabíamos que cuando a un poderosísimo se le mete algo entre ceja y ceja, no hay nada que hacer. Al tiempo nos comentaron que el nuevo lugar escogido era el Instituto Donibane. Había que hacer algo de obra y pensamos: "¡ya verás qué chulo nos lo van a dejar!, seguro que esta Administración con el toque que les han dado desde Europa para la protección del euskera, la estación de autobuses se va a quedar pequeña".
Imaginaos cuál fue nuestra sorpresa cuando nos dijeron que constaba sólo de 5 ó 6 aulas, cuando las necesarias son entre 10 y 15. Y es que, o somos muy listos o por ahí arriba hay alguno que se pasa de listo, porque las cuentas son de parvulitos. Cualquiera que se precie hubiera pensado: "tenemos tanto alumnado repartido en estos horarios y en estas clases". La tendencia de unos años en adelante es que cada vez haya mayor matriculación, por lo cual mínimo habría que haber habilitado lo que teníamos, entre 12 y 15 aulas, una sala de profesores y al menos, un par de despachos. Estamos acostumbrados a que no nos den, pero que nos quiten…
Pero no, esto no es British y la dura realidad es que a los grupos de euskera de 7 a 9 de la mañana nos mandan al Colegio Iribarren en Ermitagaña, donde el primer día de clase, y tras más de media hora esperando en la calle a cinco grados bajo cero, nos han mandado a paseo porque no había quien nos abriera la puerta. Eso sí, dándonos el número de teléfono del Instituto Navarro de Euskera para conocer si al día siguiente había clase, donde nadie ha respondido en todo el día.
A esto se suman problemas añadidos: si se coge un profesor/a la baja, te quedas sin clase porque son incapaces de tirar de lista para poner un sustituto/a; el año pasado, por ejemplo, tuvimos que escribir una queja para que dividieran un grupo en dos porque estábamos más gente en clase que en mis tiempos de Maristas.
Éstas son algunas de las ingeniosas tácticas que el Instituto Navarro del Vascuence está utilizando a favor del euskera, ¡venga ya!
¡Ah! y ¡deje, deje, Defensor del Pueblo! No actúe de oficio que ya le llegará la queja por escrito.
Lidia Ilundain Ciriza, Beatriz Lusarreta, Santiago Fernández García, Luis Ángel García Nicolás, Esther Cremaes Mayorga, Inés Plaza Eguizabal, Ángela Martínez Urmeneta